Creando a una matriarca (pt. 3)
Autora: Bárbara Usó.
Tiempo estimado de lectura: 1h 20min.
Gmail: barbarauh1998@gmail.com
*****************************************
(?): Empuja, Himaya, ¡Empuja!
La noche se había sumergido temprano entre las dunas de un desierto que le daba la bienvenida al otoño en aquella velada del 30 de Septiembre entre gritos, sangre, líquido amniótico derramado y demases fluidos no tan agradables para una joven Urbosa, que se apoyaba en una roca impaciente y con arcadas viendo aquello.
N: Por favor, hermana, aprieta mi mano. Sigue, ¡no pares!
Himaya estaba cumpliendo tras ocho meses y medio con su parte del trato; alumbrar a la hija de Urbosa.
Los meses anteriores habían transcurrido con gran tensión. La futura matriarca, conforme a lo marcado por la tradición, debió anunciar su “embarazo” y la gran noticia de que la sucesión estaba más que garantizada. Montaron una gran fiesta, banquetes, música en directo… incluso una hipócrita felicitación de Léa que aceptó en público de buen grado, siendo abrazada por ella delante del gentío de una ciudadela que ardía en deseos de conocer ya a la que sería la guardiana de Gerudo, quizás, dentro de unos cuarenta años.
Durante los primeros meses fue fácil llevarlo, pero en cuanto el vientre de Himaya comenzó a abultar, Urbosa, junto con Nóreas y un reducidísimo grupo de cómplices, tomó la determinación de vestir una holgada túnica naranja neón con adornos en oro que arribaba hasta sus pies, poniendo semana a semana más trapos envueltos en una faja en su abdomen para dárselas de preñada. Conforme veía la actitud de la gestante real, imitaba sus estados, manteniéndose días encerrada fingiendo vómitos, dolores de cabeza, de espalda, de pies… nadie, absolutamente nadie salvo las involucradas debía darse cuenta de la realidad de aquello… aunque tuviesen que matar a cualquiera que se atreviese a desvelar cualquier detalle. Hubo ocasiones en las que fingió golpes de calor, así que con un falso salvoconducto médico, alquiló una casa en Hebra para pasar jornadas enteras despreocupada del problema en un clima gélido, no dejándose jamás ver por nadie y llevando a Nóreas siempre cerca suya. Su gran amiga, la princesa Sonnia, le intercambiaba correspondencia en donde fue conocedora de la verdad, y Urbosa le advirtió que no se le ocurriese aparecer por sus tierras hasta que la niña hubiere llegado al mundo.
Las gerudo no cesaban en felicitarla, en darle presentes a su futura hija, como por ejemplo joyas, peúcos, vestiditos y monos de recién nacida… todo lo necesario para criar a diez niñas si hiciera falta. Además, como casualmente Himaya se había quedado en estado a la vez que ella, ya empezaban a imaginar que ambas niñas serían criadas casi como hermanas, pues la gestante ya pertenecía desde hacía meses al círculo más cercano de la matriarca por ser ahora la perfumista personal de palacio. En conclusión; la expectativa era feroz, y más hoy, que “casualmente” ambas se pusieron de parto.
Las bien pagadas parteras y enfermeras que aceptaron miles de rupias del bolsillo de la heredera con tal de guardar el secreto de lo que en realidad allí ocurría, ordenaron a las militares que absolutamente nadie se acercara a la sagrada zona del oasis a menos de cinco kilómetros, zona escogida para parir a la heredera. Además de haber limpiado de monstruos el desierto entero y adecuado la zona para tan trascendental evento, se ordenó acordonar el perímetro, cortar el paso de la Posta de Gerudo, cerrar todas las puertas de la Ciudadela con las ciudadanas adentro y mantener una estricta vigilancia del lugar. Sólo las de adentro de ese aro eran testigos de la falsedad del acto, pero con las bolsas llenas de dinero se podría aseverar que se transformaron en brillantes actrices. Himaya, pese a que tenía todo claro con respecto a esa subrogación, no sabía muy bien cómo sería el futuro una vez tuviese a la niña, mas con brevedad estaría al tanto de todo. Urbosa, cansada de oír gritos y con una de las parteras más que ociosa por lo prácticamente inútil de su presencia, intentó abreviar el rato.
U: Por las diosas, ¿cuánto le queda? Estoy aburrida de escucharla.
La partera, una altísima y muy delgada gerudo de unos sesenta o sesenta y dos años, miró un poco decepcionada a la heredera. Le habría gustado que las circunstancias fuesen otras, pero sus bolsillos emitían demasiados sonidos vidriosos de tantas rupias, así que no se atrevió a aleccionarla.
(?): Ay, joven heredera. Parir es uno de los dolores más insoportables. Ten paciencia, en unas horas estará aquí la pequeña –aseguró suspirando con realización–.
U: ¿Horas? ¿¡Cómo que horas!? ¿Estamos locas o qué? –le gritó indignada poniéndose en pie ante la partera–
(?): Anda, ven y míralo por tí misma.
Poniendo los ojos en blanco, Urbosa sigue los pasos que la mujer le marcó tras ponerse en pie, quedando sobre Himaya en menos de siete segundos.
(?): Mira esto, ¿lo ves? –le indicó señalando la privada morfología de la parturienta– Esto está aún muy cerrado. Está yendo por buen camino, pero va bastante lenta. Suele ser lo normal en las primerizas. Luego ya vienen más seguidas, pero repito que todavía falta. –tomando la mano de Nóreas y mirando a la otra partera, que era más joven e inexperta, indica– No le hagáis empujar todavía, dejad que abra más. Haced que se calme y dejadla que se revuelva un poco. En media hora veremos cómo va el asunto y ya si eso que se acuclille.
La otra partera dejó la faena y tomó del brazo a la más mayor, apartándola. Tenía algo privado que decirle.
(?): Escucha una cosa, pero que Himaya no se entere. Están ocurriendo cosas raras. Le incité a empujar porque lo vi prudente, pero de repente hubo un movimiento extraño en el interior y cerró. No me quiero precipitar, pero creo que viene de nalgas.
La experta mantuvo la calma; esas cosas pasaban, pero eran peligrosas. Instó a la menor a reposar un rato, así ella junto con su experiencia irían a ver si eso era realidad. Con Urbosa y Nóreas al lado de Himaya, se sentó en el suelo tomándole las caderas e instando a la calma un momento. Poco a poco introdujo sus dedos índice y corazón y delineó un contorno para notar al tacto en qué postura estaba la nonata… y efectivamente, venía en mala posición.
(?): Escuchadme un momento todas las aquí presentes –dijo alzándoles la voz–. No es un secreto que vamos muy despacio. Llevamos doce horas y no sale aún. –tragando saliva, sentenció– La niña viene de nalgas, pero no puedo darle la vuelta porque está atascada en la pelvis y es muy grande. Tenemos que hacer que salga ya porque estamos entrando en riesgo. Himaya, no te podemos sedar ya a estas alturas, y no me gusta hacer procedimientos riesgosos ni aplicar pseudo-ciencias. A partir de ahora vais a hacer cada una lo que yo os diga.
Las médicos y enfermeras allí presentes aguardaron la orden. Su misión era la de mantener limpia la zona, proveer de agua todo el alrededor y tener secos los paños donde la parturienta se revolvía. También debían tomar sus constantes cada diez minutos y vigilar la pérdida de sangre por si fuera precisa una transfusión. Además, tuvieron que disponer una camilla por si se complicaba más la cosa y debieran trasladarla a la región de Akkala a caballo, y todos los utensilios necesarios para ello. Nóreas rezaba y le tomaba con fuerza los brazos mientras Himaya quedaba al borde del colapso, atendiendo las dos parteras el momento.
(?): Urbosa. Esta va a ser tu hija. Nadie aquí tiene un cuerpo tan pequeño como el tuyo. Te pido por favor que te arrodilles y ayudes a tu hija a nacer. Mete tu mano y busca los pies de la niña.
U: ¿¡Que qué!? No, no, no, no. Qué asco.
Nóreas, desde arriba y llorando también viendo que Himaya empezaba a ponerse totalmente blanca y a perder las fuerzas de sus manos, le imploró.
N: Urbosa… por favor… mi hermana se muere.. Hazlo por mí –decía sollozando agarrándose al poco aire que le permitía hablarle–.
(?): Enfermeras, traigan alcohol y unos guantes para la heredera. Es nuestra última baza.
Himaya empezaba a desvariar. Una médico que le tomaba la tensión y el pulso anotó los resultados, que eran anormalmente bajos. Una enfermera untaba los brazos de Urbosa en alcohol y le ponía unos guantes muy estrechos y de caña larga, asqueándose esta última por lo que estaba a punto de hacer.
U: –con los guantes ya puestos y con ganas de reventarle la cabeza a alguien, espetó– Yo no te he pagado para esto. Tu obligación era hacer parir a esta mujer bien, sin riesgos y sin meterme a mí de por medio. ¿Y si ahora hago algo mal y mato a la niña? ¿Quién carga con eso?
Nóreas, con un torrente amargo de desesperación, le posó su mano sobre su hombro y le dijo entre balbuceos algo así como que confiaba plenamente en ella y que solo con su ayuda podría venir su sobrina al mundo… y que por favor, se apiadase de su hermana.
U: Madre mía, en maldito lío he acabado por ser quien soy. Me tendría que haber fugado cuando aún estaba a tiempo.
(?): Ya tendrás tiempo de fugarte. Ahora ayuda a tu ciudadana a parir y toma a la nueva gerudo que está por venir como tu hija.
Urbosa, sin querer mirar lo que hacía, introdujo la mano por donde se le indicó. Notó rápidamente las formas de su futura “hija”, igual que su enorme tamaño para no haber nacido todavía, pesando fácilmente más de diez kilos. Poco a poco fue recorriendo el interior de Himaya hasta notar los muslos de la niña, siguiendo la trayectoria hasta los pies.
U: Los tengo –aseguró con una calma impropia–, ¿y ahora?
(?): Con la otra mano mete dos dedos y redirecciona con ellos las nalgas de tu hija en diagonal hasta que sientas un poco de hueco. En ese punto, mueve la pierna que notes más adentro y ve estirando hasta sacar su pie. Haz lo mismo con ambas hasta que las tengamos fuera.
Con un tino y paciencia dignos de un cirujano, acató las indicaciones y fue ejecutando las acciones paso a paso, logrando su objetivo en menos de diez minutos. La experimentada partera pasó a la acción ahora, que teniendo más hueco de maniobra, podía seguir. Le fue posicionando a la niña los brazos hacia arriba y la cabeza recta. Introdujo un par de herramientas a cada lado para inmovilizar los brazos y evitar partirlos, momento en el que Nóreas comenzó a dar suaves bofetadas a su hermana para hacerla reaccionar.
(?): ¡Ahora, empuja!
Pero Himaya había perdido el sentido hacía rato; llevaba un buen rato siendo solo el recipiente que contenía a la heredera del trono gerudo que tanto se resistía a salir. Ya no era la perfumista, la hermana, la amiga, la madre. Con todo el instrumental adentro y con manos entrando y saliendo se había convertido en una inútil prisión de carne que estorbaba el alumbramiento de la futura gobernante y moneda de cambio de Urbosa. Ochenta mil rupias valía esto.
N: ¡Hermana!
(?): Shhh… tranquila, no chilles. Urbosa, yo mantengo el instrumental en posición, pero como Himaya no está, me faltan manos. A la de tres, estira muy suavemente de los muslos de la niña hasta que yo te diga, ¿vale?
Y contaron… una, dos, tres; una, dos, tres; una, dos, tres… Tirón a tirón, la nueva gerudo se dejaba ver mientras la hermana de la que no daba a luz por voluntad propia seguía en llanto por no obtener respuesta de la que sostenía en sus brazos. Finalmente, tras menos de cinco minutos y un último estirón, la heredera nacía.
(?): ¡Cógela, cógela!
La partera tenía que sostener el instrumental para sacarlo poco a poco de dentro de Himaya sin dañarla, y como Urbosa era la que tenía a la niña agarrada del pecho tras el último tirón, tuvo que sostenerla y quedársela ahí. En ese mismo instante, el protocolo se activó. Una médico agarró a la niña de los pies, la puso boca abajo y la azotó, poniéndose instantáneamente a toser y llorar. Tras ello, con un cuchillo bien afilado le cortó el cordón y le ató el restante con un cordel de yute. Por último, la envolvió con una toalla blanca.
(?): Vale, compañeras, comenzamos.
Todas las mujeres activaron la oculta maquinaria mientras a Urbosa le era devuelta la niña a sus brazos. Pensaba “ojalá en el futuro te parezcas a mí y así nadie nos moleste”. En ese instante de contemplación mutua, apreció los ensuciados rasgos llenos de arrugas de la gerudo bebé, notando rápidamente la nariz tan enorme que tenía y las cejas tan acortadas y oscuras, eso sin contar lo morena que era su piel, viendo que era un fiel calco de su madre biológica pero en tez caoba; “sí que era moreno el padre, sí”. La recién llegada, siendo tremendamente precoz, detuvo el llanto y abrió de par en par sus ojos, quedando su “madre” anonadada al verlos… uno color verde y otro color topacio, como si su madre fuera la mismísima gerudo de leyenda, la madre de todas las matriarcas y mítica en su pueblo, Nabooru. Las dos, como si vaticinasen sus venideras existencias, se atendieron casi conteniendo la respiración; la heredera estaba impactada por el profundo rechazo que sentía y a la vez fascinante admiración que los ojos de la pequeña le causaba. Pero una médico le interrumpió ese cavilar.
(?): Traed a la mona.
Del interior del cajón, una auxiliar de enfermería sacó a una hembra de bonobo embarazada. Urbosa miró la situación muy extrañada sin saber por qué la traían encadenada y medio anestesiada.
U: ¿Qué significa esto?
La auxiliar atendió con completo desprecio a la joven mientras le ordenaba con antipatía que se tumbase en la roca cercana, sacando una maleta con un arsenal quirúrgico atemorizante.
U: ¡Te ordeno que me digas qué significa esto!
La mujer, la más mayor del equipo, que tenía noventa y nueve años, le faltó solamente escupir al lado suyo para finiquitar el profundo asco que sentía por aquella joven leoncilla que se las daba de mandamás.
(?): Mira, niña, ni a mí ni a nadie nos tienes que ordenar nada –le sentenció irguiendo al máximo su postura–. Aquí te estamos cumpliendo un servicio porque puedes pagarlo, no porque nos guste hacerlo. Dale un par de vueltas a tu sesera, anda.
U: Eh, eh. No se te ocurra hablarme en ese tono y haz tu maldito trabajo –le amenazó poniéndose en pie y alzándole el puño–.
La auxiliar odiaba lo que tenía que hacer, pero dado que estaba prácticamente en la indigencia y que había días en los que no podía siquiera tomar bocado, hubo de acceder a aquel controversial y nada ortodoxo trabajo. Era estéril e hija única, así que no tenía familia que le echase una mano en su economía, por lo que este empleo temporal, aparte de ser su único sustento, le tocaba la fibra de forma muy íntima. Sin pensar en las consecuencias, agarró a Urbosa de los tirantes de su sujetador metálico con rabia y la alzó casi un metro por encima del nivel del suelo, teniéndola así al borde de su atemorizante cara.
(?): Te hablaré como yo quiera, ¿me oyes? –le dijo tremendamente enfurecida y en un tono sorprendentemente bajo– Tanto tú, niñita, como la pobre Himaya estáis pariendo –le musitó acentuando ese “pariendo”– ¿acaso has pensado qué hacer cuando nos presentemos en la Ciudadela con una sola niña?
No. La respuesta es no. No había pensado en qué hacer llegado dicho momento. Quizás pensó que las ciudadanas estarían demasiado atentas de su “hija” y que Himaya pasaría a un plano tan secundario que hasta ignorarían su presencia… Pero lo cierto es que la expectación de que la única perfumista gerudo de la historia tuviese una hija también era interesante, más aún teniendo en cuenta que era la perfumista personal de las nobles del Palacio Gerudo. Pero aún con esas, no, no había un plan… mas las sanitarias, con tanta bonanza monetaria, sí lo tenían… Urbosa, atemorizada por la mirada de la anciana auxiliar, no plantó cara, al contrario, bajó su mirada; acto que fue correspondido por la mayor, quien literalmente la lanzó al suelo.
(?): Mucho mejor, así me gusta. Y aprende a respetar a tus mayores aunque no tengan tu fortuna –sentenció, helando más su tono–. Ahora vete con la criatura junto con su tía y si eres muy sufridora, no mires y ve decidiendo el nombre que le pondrás.
No advirtió nada más. El odio era abisal.
Entre la auxiliar y la médico, tomaron a la primate y la tumbaron en la losa de piedra al lado de Himaya, anestesiándola ya por completo y dejando a la recién parida sin sentido todavía pero con constantes favorables. Nóreas se lo vio venir; ella era una gran amante de los animales y se vio venir lo que pasaría, así que tomó en brazos a su sobrina y la abrazó con fuerza acariciando su cabello aún repegado de suciedad, agazapándose en el suelo mientras la heredera atendía con horror al acto que las sanitarias se vieron obligadas a ejecutar con tal de tener una coartada… Daba igual las veces que gritara que se detuviesen; ellas estaban en su trabajo. Comenzaron a introducir en aquella hembra de bonobo un sinfín de aparatos metálicos dignos de cualquier obra literaria de terror enfocada a la tortura. Borbotones de sangre y diversos líquidos fueron derramados en exceso a propósito en el suelo y sobre Himaya mientras que, en menos de veinte minutos, sacaron una diminuta criaturilla del interior de la mona que, sanguinolenta, no mostraba aparentes signos de vida más allá que algún espasmo que en breves cesó y heló.
“Una criatura por otra criatura” –rezaba una joven médico–. Rápido fue el aborto que le practicaron a aquella sanísima primate que gestaba a su futura descendencia, también saludable. Ya cosida y curada, una gerudo a caballo portó la jaula de la primate para devolverla a un lugar seguro de la región de Farone donde la tendrían cuidada hasta que tuviese de nuevo la salud suficiente como para devolverla a la naturaleza. Regada en sangre, depositaron al primate sin vida que tendría cinco meses de gestación sobre el pecho de Himaya, siendo para ya todo el mundo una clara muestra de que había parido a un feto muerto y deforme mientras que la heredera había traído al mundo a una gerudo fuerte, saludable y de buenos pulmones. Tras este deleznable pero necesario acto, la anciana auxiliar fue hacia Urbosa hecha una furia, volviéndole a decir que se tumbase en el suelo. La heredera le espetó que, dado que le había pagado, podría ser más amable con ella, pero la sanitaria tuvo claro que le pagaron por servir, no por ser simpática. Con ella ya tumbada y sin avisar, le levantó el vestido de forma muy brusca, le cortó las vendas que se ataba al vientre y le abrió las piernas “ya no necesita aparentar un estado que nunca tuvo” –pensaba con acierto–. Sin dar un instante para preguntar, comenzó a restregar la sangre de la primate por los muslos, el vientre y las manos de la “madre” de la heredera futura. Empezó también a despeinarla, a ponerle arena por el cuerpo, a correrle el maquillaje y a echarle aceite por el cuerpo para dar más sensación de esfuerzo. Urbosa odió todo aquello.
(?): Bueno, niña, ¿ya has decidido cómo llamar a la criatura?
La heredera, entre unas cosas y otras, tampoco pensó durante todos esos meses en ese detalle tan poco importante en apariencia. Una mujer gerudo al lado de ambas, que era administrativa en el palacio, empezó a rellenar dos papeles; eran dos actas de nacimiento. Una, la de Himaya, que determinaba que había dado a luz a un feto sin vida, anexando a él su correspondiente certificado de defunción. El otro, el de Urbosa, que certificaba el nacimiento de la siguiente heredera después de ella… Toda una serie de documentos totalmente falsos rellenados por una autoridad de palacio y apostillados como totalmente legales para legitimar todo lo que ocurría ahí.
H: Nóreas…
A lo lejos, a pocos metros, se representó la viva imagen de la fortaleza gerudo. Himaya, sin ninguna atención post-parto, despertaba de su pérdida de conocimiento, llamando lo primero a su hermana, que se plantó ante ella en tres segundos, poniéndose de rodillas ante ella y tomando sus manos.
N: ¡Hermana! ¡Estás bien! Reposa, no hagas esfuerzos, por favor. Tranquila, estoy contigo –le susurraba, sosegando sus temblores de frío por ser de madrugada y haciendo llamar a las médicos para que la atendiesen–.
H: Nóreas, por favor… –le suplicaba sollozando–.
N: Shhh… tranquila, hermana mía, lo has hecho genial. Mira qué sana está la pequeña –aseguró con felicidad señalando a la pequeña que Urbosa llevaba en brazos–.
H: Nóreas… –seguía repitiendo, esta vez alzando su brazo derecho como intentando dar alcance a su única hija– Nóreas…
La carga emocional de Himaya era insostenible, la ansiedad, palpable en su voz. Sin saber nadie por qué, abrazó con fuerza el feto prematuro de la bonobo, desatando torrentes de lágrimas sin alivio notando cómo el poco calor corporal que conservaba su cuerpecillo sin vida era gracias a que estaba postrado en su pecho. Himaya nunca había deseado su maternidad, por eso Urbosa le ofreció subrogar su gestación dado que estando en cinta, no dejaba de beber y de tener hábitos tóxicos que podrían haberla llevado a abortar; pero pese a que no lo deseaba en un principio, con el tiempo fue cogiéndole cariño a la experiencia, mas lamentablemente ya no podía echarse atrás… ya no… no en el momento en el que aceptó dinero y una posición en palacio. Desintoxicarse forzosamente y vivir con buena economía con un cómodo trabajo le hizo ver todo desde otra perspectiva, pero los documentos ya aseveraban que había dado a luz a un feto sin vida.
N: Creo que ha sido una experiencia demasiado fuerte para ella. Urbosa, vete con la niña a la Ciudadela. Yo me quedo con ella mientras las médicos le…
H: ¡No! ¡Nóreas! –gritó señalando con su afilada uña índice a la recién nacida–
Nóreas se acercó lo máximo que pudo al rostro de su hermana, intentando que con el mínimo hálito le dijese qué era eso que tanto necesitaba.
H: Mi hija… por favor…
Su hermana, con un semblante apenado pero recio, le dijo:
N: No, Himaya. Tu hija ha muerto. Esa es la hija de Urbosa…
La recién parida tomó con fuerza a su hermana y la atrajo hacia sí, hacia su boca, para que oyese lo que con mínimas fuerzas iba a decirle hasta desfallecer de nuevo.
H: Hermana, por favor… Dile a Urbosa que quiero que su hija conserve algo de mí, de mi familia, de mi linaje… Quiero que se llame Nóreas…
Acto seguido, aflojó la presión, no perdiendo el sentido pero sí reposando el colosal esfuerzo que acababa de realizar, quedándose dormida abrazada al feto de bonobo. Nóreas, cabizbaja, fue hacia Urbosa atendiendo a que la niña se puso a llorar con violencia en el momento exacto en el que su verdadera madre cayó en descanso momentáneo, como si la naturaleza las tuviera ineludiblemente unidas por la sangre. Llegada a su lado y con gesto frío pese a que quería evitarlo, le dijo:
N: ¿Ya has pensado algún nombre? –preguntó advirtiendo al instante el gesto negativo que la joven “madre” hacía con su cabeza– Mi hermana me ha dicho que tiene un nombre en mente, ¿te importaría si le ponemos ese?
U: El que queráis vosotras. No me importa.
Nóreas, habiendo adivinado la respuesta siquiera antes de formular la pregunta, acudió a la administrativa para ella misma decirlo.
N: Señorita, por favor, anote en el acta de nacimiento de la hija de Urbosa que su pequeña se llamará Nóreas.
(?): Así será. Gracias, era el último dato que me faltaba por rellenar. Con el permiso de todas, me retiro ya mismo a la Ciudadela a meter estos papeles en el archivo.
Así pues, la trabajadora se montó en su morsa y marchó a intramuros para dar la noticia a las ceremoniantes para así activar el protocolo del festejo de las hedereras.
************************************************************************************************
Seis menos diez de la mañana. Un carruaje de morsas nada austero con dos pilotos experimentadas se plantaban en la zona del oasis para recoger a Urbosa y a su futura heredera. Otras mujeres en un carruaje mucho más grande pero normal, iban a recoger al resto. Las que llevaban el real carruaje, ataviadas de lujosos ropajes pertenecientes a una rama menor de la realeza gerudo unidas a significativas joyas e insignias militares de gala, tomaban a Urbosa en brazos felicitándola, envolviéndola en toallas y sentándola muy despacio en un comodísimo y mullido asiento beige hecho de algodón y lana. La joven, fingiendo estar exhausta, se dejaba hacer. Una vez bien posicionada y dándole un pequeño bol lleno de frutas regadas con miel de vigor y una medida de tónico feérico para sanarla y reconstituir su vitalidad, salieron de nuevo y se dirigieron a la médico que sostenía a la próxima heredera después de ella: la pequeña Nóreas. Adularon nada más verla sus ojos, que era lo que más llamaba la atención de la bebé, posterior a ello, comenzaron a impresionarse mientras la envolvían en suaves mantas de lana de merino. ¿Y de qué se impresionaban? De sus rasgos. Siendo hija de Himaya, no tenía absolutamente nada que ver con Urbosa, pero el destino le dio los rasgos de su madre biológica que tan caprichosamente se asemejaban a los de la actual matriarca en su juventud: nariz gruesa, cejas cortas, aspecto robusto, labios ligeramente carnosos, cabello que se dejaba ver como borgoña oscuro y totalmente liso… era, curiosamente, un calco de su abuela postiza Léa; “a ver si resulta que la bastarda voy a ser yo” –pensaba Urbosa atendiendo a los cuchicheos de pura admiración de las nobles pilotos–. Ya adentro del carruaje, la que llevaba a la niña, la acomodó en una especie de cuna de viaje hecha de mimbre recubierto de piel de becerro con pelo donde iba comodísima y sin musitar un mínimo llanto; silenciosa, con la mirada fija en su “madre” y con una expresión que se podría interpretar como asombro.
Al lado de ellas había aparcado el otro carruaje, que más bien parecía un carro de transporte de mercancías corriente y moliente. Este tipo de carro era el que usaban para las ciudadanas normales; sencillo, práctico, de gran capacidad y bastante confortable. Bajando de él tres mujeres, comenzaron a maniobrar. Las dos conductoras dispusieron la escalerilla y abrieron las puertas para que las sanitarias se ocupasen de subir a Himaya a su interior, donde una camilla sencilla con correas para agarrarla y evitar que cayese durante el viaje le esperaba. La tercera mujer, una anciana completamente vestida de negro desde la cabeza hasta los pies con un velo totalmente opaco en su rostro con apenas una rendija para ver, sacaba del carruaje una diminuta caja de pino con el emblema gerudo grabado a fuego. En el interior de dicha caja, que era un féretro, había un sudario para envolver allí mismo a la criatura e introducirla para transportarla a la Ciudadela y que así sus familiares se encargasen de realizarle su correspondiente funeral. Yendo hacia la recién parida, tomó suavemente de su pecho al difunto bebé con el mayor de los respetos y decoros, pero no tardó en atender a lo que tenía entre sus manos. Brazos muy largos, piernas algo cortas, un cráneo de facciones abultadas… era deforme, demasiado deforme.
(?): ¿Q… qué es…?
Nóreas atendió a aquello, acudiendo al lado de la sepulturera y respondiéndole en voz baja pero fingiendo muchísima rabia.
N: Es mi sobrina. Hoy ha muerto una gerudo que apenas llegaba al mundo. La enterraremos con honor.
Atinando la reacción de la hermana de la que acababa de parir y viendo que era casi un metro más alta que ella, joven y militar reconocida en la Ciudadela (aparte de testigo del alumbramiento) no osaría por nada del mundo contradecirla; al contrario, le dio su más sentido pésame y el deseo de que la inmaculada alma de esa “niña” arribase pronto al seno de las diosas. Transcurrido ese pequeño desliz por parte de la anciana, se terminaron todas de subir al carruaje para seguir los pasos del otro, que acababa de darse la vuelta para ir hacia una ciudadela que aguardaba bulliciosa y expectante a la par que solemne y afectada; fuera noble o plebeya, la pérdida de una gerudo siempre era algo muy sentido entre sus gentes.
Quince minutos de travesía sencilla. El cielo, clareando y abriéndose paso hacia el amanecer que, impaciente, aguardaba la presentación de la próxima heredera. Dicho acto debía transcurrir perfecto y sin que nada lo opacase, es por ello que Himaya fue llevada a su casa junto con una enfermera y la sepulturera que mil rituales hizo al pequeño féretro en pos de que hallase la “niña” pronta iluminación. Fue atendida en todo momento por la sanitaria, pues pese a gozar de buena evolución la parturienta, temió que alguna locura hiciese por acabar de perder a su hija.
Llegada Urbosa a los pies de la escalera del palacio de arena, su madre Léa le aguardaba con un semblante feliz, alegre e incluso cariñoso; definitivamente, no parecía ella. Bajó corriendo las escaleras y abrazó con fuerza a su hija y a su “nieta”, teniendo la heredera algunos sentimientos encontrados. Hassa y Daelia, quienes a los laterales del pórtico palaciego montaban guardia, atendieron más que atónitas a la escena.
L: ¡Hija mía! Qué bien lo has hecho. Mírate, has cumplido con un deber más allá de lo mundano, casi divino. ¡Has sido madre! Y mira a esta preciosidad –susurró alegre agachándose para tener muy de cerca a su “nieta”– ¡es hermosa! ¿Me permites? –le preguntó haciendo amago de tomar a la niña en brazos–.
U: S… sí, madre, toda suya. Es su nieta. –subrayó en tono de decepción–
Léa estaba pletórica, era como si un ente bondadoso se hubiese establecido en su corazón durante esos instantes que parecían tan frágiles como una flor princesa de la calma. Alzó a la bebé una y otra vez al cielo ampliando una sonrisa que a muchos se les hizo tétrica. No cesó en decir lo hermosa que era, resaltando, cómo no, sus ojos dispares y haciendo comparativas consigo misma. Que si tienes mi nariz, que si tienes mis cejas, que si qué grande y fuerte vas a ser… una tormenta de halagos que relajaban a Urbosa, pues visto así pareciera que jamás cuestionaría su legitimidad.
L: Hija, cariño, ¿qué nombre le has puesto a mi pequeña nietecita?
Ahí, en ese preciso momento, a Urbosa se le pasó el relax; sabía que no duraría para siempre, pero tampoco esperaba que fuera tan breve. Sabiendo la historia que Nóreas había tenido con su difunta hermana Nephentes, era arriesgado decir que la había llamado como ella: “maldita sea, no tendría que haber aceptado llamarla así”... Pero ya era tarde, la administrativa ya tenía su partida de nacimiento archivada y cambiarle el nombre sería un lío. Afortunadamente el destino quiso que la sepulturera, habiendo finalizado sus ritos, se acercase a la matriarca para comentarle que la otra “niña” había fallecido y que, no queriendo empañar la venida de la heredera futura, solamente necesitaba que le autorizase el acceso a las catacumbas para que su familiar más cercana le diese digno entierro. Léa, no sabiendo nada de aquello, devolvió a la pequeña a los brazos de su hija viendo a Nóreas acercarse con utensilios de limpieza para asear el lugar asignado para el entierro antes de que este se llevase a cabo, momento en el que la matriarca le cortó, apenada, el paso. Bien sabido era que la regente de Gerudo no simpatizaba con ella en absoluto, pero cabe reiterar que su estado de humor actual era particular.
L: Soldado, lamento profundamente la partida de tu sobrina –le confesó mientras Nóreas miraba con falsa pena a su auténtica sobrina–. Sé que el destino ha azotado de la forma más cruel a tu familia. Si tú o tu hermana necesitáis unos días libres, no dudéis en pedírmelos.
N: En absoluto, matriarca. Quizás mi hermana sí necesitará de vuestra solidaridad, pero yo he de continuar cumpliendo mi deber para con el ejército. Si me lo permite, he de limpiar la zona familiar de las catacumbas para darle sepultura a mi sobrina. Con permiso.
Justo ahí tuvo la oportunidad, y Urbosa no quiso desaprovecharla. Haciendo el papel de que la conocía más bien de poco, hizo un trascendental inciso.
U: Sí, pero un momento, señorita Nóreas. Primero hablémosle a nuestra matriarca sobre la proeza que realizaste en el desierto esta misma noche.
Nóreas no tenía ni idea de a qué se refería, pero le siguió la corriente, pues seguro que algo favorable sería. La heredera, haciendo breves pausas para denotar agotamiento, fue narrando una historia colosal de cómo la soldado le salvó la vida a todas las presentes. Siendo la acompañante de Himaya y ésta ya habiendo parido al feto muerto mientras que Urbosa “todavía empujaba”, afinó sus sentidos y oyó las particulares vibraciones que un moldora produce previo a su llegada. Contó la falsa hazaña de cómo, con una simple daga, se abalanzó a un bulto de arena en movimiento y comenzó a acuchillarlo hasta teñir de rojo el desierto. Remarcó que sin su coraje para vencer al moldora ella sola, todas las presentes estarían ahora muertas, y más ella, que desarmada y sufriendo horrores por el parto, habría sido el aperitivo de la bestia. Léa, abriendo al máximo su expresión, creyó veloz todo aquello, más aún viendo que iba con las ropas ensangrentadas producto, según ella, de la brava pugna; no obstante, era de su hermana. Ya con las guardias bajas en la matriarca, tomó valor.
U: Es por ello, madre, que en honor a su valentía y arrojo, he decidido nombrar a mi hija Nóreas.
Las leyes gerudo decían que el nombre que una madre diese definitivamente a su hija era inamovible, que ni siquiera la influencia de sus parientes cercanas o incluso la de la matriarca podían alterar aquella circunstancia, fuese pobre o rica la parturienta. A Léa se le descompuso la mirada. A Nóreas le empezaban a dar náuseas temiendo lo peor; pareciese como si la mirada y semblantes habituales de la matriarca retornasen a su ser.
L: ¿C… como ella, dices? –cuestionó agravando la voz y expresando una mueca macabra–
U: Sí, madre. Así se llamará, ¿a que le parece bien?
Urbosa fue osada preguntando esto último, pero lo unió a devolver a la niña a los brazos de su “abuela” a modo de generosa ofrenda. Las diosas saben qué clase de dolencia mental tendría Léa, pero tomando en brazos a la infante, volvía a ser clemente.
L: De maravilla, ¿te gusta tu nombre, eh, pequeña Nóreas? –le preguntó a la niña acunándola mientras expresaba una sonrisa– Seguro que te encanta el nombre que tu madre te ha puesto, ¿cierto, bebé?
Y desde ahí, ya no fueron tía y sobrina, ¡qué más quisieran! A partir de ese momento en el que tras la fiesta se anunció su nombre, pasaron a ser conocidas en privado y no tan en privado como Nóreas la mayor y Nóreas la menor.
**********************************************************************************
¡Qué más quisieran…! Han pasado cinco años…
**********************************************************************************
Las crónicas de las gerudo cuentan que han habido matriarcas que han ascendido al trono siendo unas niñas. También cuentan que, por longevidad de sus madres, han habido otras que se han sentado siendo unas ancianas o incluso centenarias que poco más que su mente experimentada podían ofrecer a su pueblo. El grueso de ellas, narran que han tomado su posición siendo mujeres jóvenes de poco más de veinte años o alrededor de los treinta. Sea como fuere, la sucesión siempre se daba por defunción, pues una matriarca sólo lo era si su antecesora había dejado este plano, ya que dicha sacra tarea de gobernar ese porcentaje tan amplio y basto del imperio debía trascender hasta el fin de la existencia de una.
Urbosa. Veinticuatro años. Matriarca de Gerudo por la gracia de las diosas y única en su especie, pues su antecesora y madre Léa aún sigue con vida, mas las sanitarias de la región aseveran que no por mucho tiempo.
Léa, durante estos últimos cinco años había gobernado de forma cada vez más decadente. Sus estados de humor, si bien sorpresivamente suavizados desde la llegada de Nóreas la menor, eran cada vez más extraños. Antes solía oscilar entre la neutralidad y la agresividad, pero ahora lo hacía entre la calma y la depresión, llegando incluso a la autolesión. Nadie, ni siquiera los estudiosos de la salud mental más destacables del reino sabían ya qué hacer, más todavía añadiendo que las migrañas eran crónicas e ininterrumpidas y que solía tener grandes despistes. Es por todo eso y bajo la recomendación de sus consejeras y sanitarias privadas que firmó su abdicación, no obstante, no todo era color de rosa. Ella firmó realmente que su sucesora fuese su “nieta” Nóreas y que Urbosa solo fuese su regente hasta su mayoría de edad. Eso, para Urbosa, fue una mezcla de alivio y de indignación… Pero la realidad es que la pequeña no estaba para nada al tanto de eso y ya tenía un plan para mantener la línea sucesoria en su orden natural, pues ninguna simpatizaba con el lío sucesorio que Léa quería llevar a cabo. Aún con todo aquello, la vida seguía trascendiendo cada vez mejor en la región, y la ya matriarca madre era no una tan anciana mujer cuando quedó totalmente impedida y guardando cama las veinticuatro horas, siendo así una persona totalmente dependiente.
Hoy prometía ser un día la mar de interesante. Sonnia, quien ya era reina de Hyrule junto con su esposo Rhoam, vendría una vez más a Gerudo de visita a pasar unos días. Y además de ello, no vendría sola, sino que sería acompañada por su séquito para gozar de mayor comodidad y también por su pequeña hija Zelda de dos años de edad, a la que iba a presentar en sociedad en aquella remota región, así de paso también ambas niñas pasarían tiempo juntas, pues Nóreas teniendo ya cinco años quizás sí pudiese guardar recuerdos de dicho momento. Ya hacía bastante que había amanecido, serían más o menos las nueve de la mañana, y dentro del palacio de arena ebullía la expectación por la visita. Muchas mujeres allí adentro organizaban los dormitorios, el edificio adyacente para el séquito, los menús que ofrecerían en esos ocho días… En fin, todo lo que fuere menester y más. Mientras que eso ocurría, en la planta baja del palacio se disponía una gran mesa con un tardío desayuno que más bien era almuerzo. Diversos platos de frutas, cereales, lácteos y embutidos quedaban a disposición de las sentadas. Urbosa en el centro y, a su diestra, las tenientes Hassa y Daelia. A continuación, Himaya, y por último, Nóreas la mayor, quien finalmente por voluntad y poderes de la actual matriarca, había sido ascendida a capitana y al puesto que tuvo hace unos veinte años: guardia de alcoba de la misma. A la izquierda de la gobernadora, se sentaba la jovencísima Nóreas la menor, heredera al trono gerudo. Tras ella y como ocasión especial, las generales Hiria e Iceth. Urbosa había aprendido a vivir con todo esto, incluso se había acomodado en exceso en su posición; tantos años de padecimiento e invalidación por parte de su progenitora habían desembocado en una figura que pese a que gobernaba correctamente, aún carecía de la rectitud deseada para una mujer de su talante.
U: Hija, come algo más. Hoy es un día muy importante, no querrás decepcionar a la mismísima reina y a la princesa.
Nóreas la menor, pese a que solo tenía cinco años, ya era una chiquilla más que aplicada, tanto así que solía llevarse a la mesa pequeños libros sencillos llenos de coloridas ilustraciones que servían para iniciar a los niños en los conceptos más básicos de la tecnología ancestral; es por eso que se distraía de cosas tan vitales como desayunar. Himaya, de frente, llevaba simultáneamente cinco años siendo espectadora del dantesco espectáculo de la matriarca fingiendo ser madre. Cada jornada se arrepentía más y más de haber subrogado la gestación, pero siempre intentaba convencerse con gran calamidad que fue una sabia decisión; si bien en principio fue por dinero, luego terminó por darle un mejor sentido. Si ella hubiera tenido a Nóreas como suya, probablemente nunca habría puesto empeño en desintoxicarse, tampoco habría conseguido el trabajo de sus sueños y seguiría siendo una indigente dependiente de lo que su hermana pudiese ayudarle… A final de cuentas, tenía a su hija siempre cerca suya, vigilada y atendiendo a lo bien cuidada que estaba. Le escocía el hecho de no poder mentar la realidad del asunto, pero morderse la lengua era lo mejor para todas; el fruto de su vientre sería tarde o temprano la mandamás de esas tierras, ¿a qué más podría aspirar una ex-politoxicómana como ella? ¿Era acaso el peso de la mentira más grande que todo lo que le había sido dado? Pues había, pese a ello, días en los que la amargura recorría su cuerpo y en los que desearía tener una bola de cristal que le dijese qué hubiera sido si hubiese rechazado la propuesta de Urbosa, pero sólo de pensar en su pequeña siendo una niña desescolarizada, viviendo en la calle o en casa de su tía, llevando un saco por ropa, famélica por no poder comer lo suficiente y delincuente amateur para poder robar y vender cosas para sacar dinero para el alcohol de su madre, se le pasaban rápidamente las ganas de imaginar una vida alternativa “ojalá nunca hubiera caído tan bajo y hubiese podido tener a mi hija con normalidad…” –era el pensamiento, el único pensamiento que le corroía la conciencia–.
N: S-sí, perdón madre –musitaba dejando el libro sobre sus piernas y atrayendo hacia sí un cuenco con embutido troceado y un surtido de quesos curados en taquitos–.
Ha: ¡Mirad la pequeñita qué bien come! Así me gusta, cómete todo el cuenco, Nóreas. En el futuro serás una mujer tan fuerte como yo. Estoy deseando que crezcas para poder entrenar de verdad tú y yo, ¡ja, ja, ja! –decía la teniente con una voz alzada y llena de júbilo viendo a la heredera engullir tanta proteína siendo tan pequeña– Seguro que incluso serás más grande que tu madre. Ah, aún recuerdo hace no demasiado tiempo cómo entrenábamos mi esposa y yo con tu madre en el desierto… ¡Era una adolescente, pero era muy canija! No nos decepciones y come para que no te quedes tan enana como tu madre ¡ja, ja, ja!
Todas o prácticamente todas rieron el comentario de Hassa, pues nada de falso había en él. Ellas, las tenientes, seguían entrenando con Urbosa, pero cada vez con menor frecuencia ya que relegaba esa misión a Nóreas la mayor, quien tenía más experiencia en la vigilancia de los puntos ciegos en los combates, que era justo lo que a la matriarca le quedaba más por pulir. Minuto arriba, minuto abajo, todas terminaron su comida y se fueron yendo a sus casas o habitaciones para vestirse adecuadamente para la llegada de las nobles del centro de Hyrule, que no tardarían ni media hora en llegar. Urbosa, ya por derecho propio, portaba el faldón negro de las matriarcas como debía ser junto con la corona que su madre durante tanto lució en su cabeza. Dada la excepcionalidad de la visita y habiéndose organizado una buena jornada de recepción y varios eventos cada día, hoy Nóreas la menor iba a llevar por primera vez la ropa de las herederas al trono: la tiara de tres astas y el faldón gris oscuro junto con su floreada protección pectoral totalmente recta que la cubría desde los hombros hasta la cintura.
N: Madre… –susurró con algo de miedo– ¿la reina y la princesa dan tanto miedo como la abuela?
Urbosa, sabiendo perfectamente cómo era el carácter de Sonnia, le respondió con decisión:
N: No, no dan ningún miedo. Lo verás por tí misma.
La matriarca trataba de ser suave con la niña, hablarle con buenas palabras y colmarle de todo lo necesario, pero le era imposible, sacando la gran mayoría de veces un tono más bien seco. Una cosa tenía clara, y es que no quería convertirse en el monstruo que fue su madre; tan sólo se encargaría de darle bienestar y salud, pero relegando el papel de involucrarse a sus futuros tutores que ya había seleccionado por consejo de las maestras de la región para que, en el futuro, fuese una gran gobernante y la lacra de Léa quedase sepultada junto a sus restos. Nóreas se encogió un poco de hombros, pues era muy vergonzosa, y viendo su “madre” el gesto, quiso templarse y ser carcana. Se agachó en cuclillas y tomó entre sus manos las de la pequeña, dándoles una leve presión mientras la miraba a sus ojos dispares ya perfectamente definidos en tonalidad de verde clorofila y topacio. Soltando una de sus manos, le tocó una mejilla y expresó una sonrisa suave, apaciguando la inseguridad de la menor, quien sin preguntar y fruto de la impulsividad típica de los infantes, se abalanzó a abrazarla, contacto que fue correspondido con dificultad; “ojalá las cosas fueran diferentes” –pensaba– , “pero no lo son” –sentenciaba–.
U: Venga, hija, vamos saliendo que ya están por llegar nuestras invitadas.
Diez y media de la mañana; la fila de tres carruajes aparcaba en el pórtico principal de la Ciudadela. Al frente, la capitana Nóreas. A ambos lados de ella, las tenientes Hassa y Daelia. Tras ellas, Urbosa con Nóreas la menor tomada de su mano, pues la niña advirtió que sólo así se sentiría segura para salir. Y al final del todo, las generales Hiria e Iceth para supervisar toda la situación. Extendiendo una alfombra azul cielo, saltó Sonnia del carruaje con Zelda en sus brazos, quien causando gran alegría por la recepción de la pequeña princesa, obvió el presentarla y se dirigió como una bala hacia las gerudo que la recibían, ignorando todo protocolo de recepción.
S: ¡Ahhh! ¡Qué alegríaa! –gritaba saltando en medio del corrillo de mujeres– ¡Ay, ay! ¡Que me muero, ay! ¿A quién saludo primero? ¡Ayy, mis tenientes cómo os quiero! –exclamaba casi soltando alguna lagrimilla de emoción y abrazando como podía a Hassa y Daelia a la vez– ¡Por las diosas! ¡Cuánto os he echado de menos! ¡Ay! –seguía gritando– ¡Ay, AY! ¡Urbosa! ¡Mi amor!
Nóreas la mayor atendió a esto último que la reina dijo, pero no osaría abrir el pico. Urbosa, de mientras, recibió con júbilo el enorme abrazo que recibió de Sonnia, abrazo que llevaba demasiado tiempo sin recibir, pues no se vieron desde que alumbró a Zelda, apretando también a la pequeña contra sí y percibiendo al momento un embriagante aura de paz.
S: ¡Ay, amor! Sí que es verdad que las de aquí crecéis hasta muy mayores. Ya casi mides dos metros, ¡mírate! ¡Si la última vez que nos vimos apenas nos llevábamos unos veinte o treinta centímetros! ¡Uyyy! Pero mira que te has puesto fuerte –aseveró acariciando allí mismo la parte más baja de su vientre, justo en el borde del cinturón dorado que sostenía el faldón–.
No, los años no habían templado el carácter alocado de la que ya era reina, seguía teniendo el mismo comportamiento impulsivo que una quinceañera pese a tener ya los veintiséis, casi veintisiete.
S: Mira, mira, Urbosa. Mira a mi niña, la princesa Zelda. ¿A que es bonita? Ha salido con la melena rubia de su padre y mis ojos verdes. Pero, pero, peroo… ¿y tú qué, corazón? ¿Ya no te acuerdas de la tía Sonnia? –preguntó a la joven Nóreas agachándose– Eras muy peque la última vez que vine, pero no pasa nada, cielito –le dijo sonriendo con ternura y dándole un suave pellizco en la mejilla con tal de hacerla reír–. Mira, esta es Zelda. Tu mamá y yo somos como hermanas, así que Zelda y tú seréis como primas.
Nóreas era tremendamente vergonzosa, así que se escondía en las faldas de su madre. Aún así, Sonnia había traído pastelitos de calabaza, pues había oído que eran sus favoritos. Poco le costó sacar a la niña de su escondite.
S: ¿Quieres coger en brazos a tu primita? –le preguntó ofreciendo a Zelda con confianza, quien fue rápidamente aceptada por la heredera gerudo– Claro que sí, muy bien. Cógela bien y cómete el pastelito, ¿vale? –le advirtió para hacerle sentir responsable al instante–
Con ambas niñas distraídas y con todas saludadas, Sonnia pudo ponerse en pie con ayuda de Urbosa, que la esperaba impaciente.
S: Querida, te he echado tantísimo de menos… –le dijo previo a abrazarla de nuevo con más fuerza, besando con intensidad su mejilla y tocando su cabellera– La vida no es igual sin tu presencia, querida mía.
Retirándose las tenientes y las generales dando estas últimas un paso al frente y reverenciando a la reina, quedaron Sonnia, Zelda, Urbosa y las dos Nóreas en la escena, cosa que la noble de mayor rango advirtió. Retomando un poco la compostura, se dirigió a ella.
S: Discúlpeme, señorita. Hacía demasiado que no veía a mi gran amiga y creo que he olvidado saludarla. ¿Usted es…?
N: Nóreas, alteza. Capitana del ejército gerudo y guardia de alcoba de la matriarca.
A Sonnia le empezaron a destellar como estrellas sus almendrados ojos azules atendiendo a lo que Nóreas le dijo. Le pareció particular que tuviese el mismo nombre que la heredera, lo cual hizo avivar aún más su curiosidad, aquella que hace años le dejó con la miel en los labios cuando, siendo unas niñas, fueron a espiar la noche de bodas de las tenientes… No obstante, ya tendría tiempo para preguntar cada detalle. Viendo que las niñas congeniaron divinamente y ya estaban sentadas en el suelo jugando con una tuerca que la gerudo guardaba como un tesoro siempre en su bolsillo, Sonnia llamó a una de las tres niñeras que trajo en su séquito para atenderlas y poderse ir a atender otros asuntos que excesivamente apremiantes se mostraron en esa mañana. Con todo el ansia del mundo, cogió a ambas mujeres de los brazos hasta la casa de la capitana para saber todo lo que necesitaba.
Once y veinte de la mañana. Casa de Nóreas.
Ni té ayurvédico típico de la región, ni una copa de shiok y shiak, ni un cuenco de sandía gélida troceada. Nada tampoco de dar un rápido vistazo al hogar de la capitana. Mucho menos dialogar por el camino sobre los planes o eventos para ese día. Sonnia había sido criada y educada para ser una señorita decorosa y puritana, comportamiento que mantenía aún a día de hoy en palacio… Pero en Gerudo sacaba su verdadero yo y se transformaba en un ser sediento de chismes, de morbo, de placeres mundanos… Y por eso poco le interesaban las formalidades en este día; ya habría tiempo de ser recatada en otro momento. Pero a Gerudo se venía a lo que se venía, ¿no? A ser libre.
S: Bueno, bueno, bueno… ¿Qué?
Nóreas, quien aprovechaba el momento distendido para desprenderse de las partes más molestas de su armadura, observaba interrogativa a Urbosa; en su mente estaba ahora mismo el pensamiento de dejarle a ella responder todo lo que esa curiosa reina necesitaba resolver.
U: No sé, amor, dime.
S: No, no, no. No te hagas ahora la que no sabe nada.
Mientras trataba de resolverse, Urbosa le aclaró a Nóreas que Sonnia era sabedora de todo lo de su “hija” y que no debía preocuparse por guardar las apariencias. También le contó lo grandes amigas que llevan siendo tantos años y las travesuras a las que se dieron juntas en la pubertad. Todo esto se lo contaba mientras la reina se impacientaba más y más, pero la matriarca ignoró momentáneamente aquello contándole lo cotilla que era su gran amiga y el episodio de la boda de las tenientes hace ya doce años. La capitana soltaba alguna risa discreta de vez en cuando, pues siendo tan desconocida para ella, prefería reservarse.
S: Madre mía, pero qué tremenda estás, chica.
U: ¡Sonnia!
Nóreas se había retirado sus grebas, sus brazaletes, su cinturón, su collar, su cubrebocas y sus coleteros y joyas hasta quedarse tan solo con sus pantalones bombachos y su protector de pecho con su cabello suelto sobre sus hombros; nada raro ni siquiera para Sonnia, pero no pudo evitar soltar aquello. El cuerpo de Hassa le causó y sigue causando fascinación a la reina, pero el de Nóreas tenía ese “aquel” que en el de Hassa no acertaba ver. Era prácticamente igual de alta e igual de fuerte, pero su piel era de una tonalidad caramelo impactante, prácticamente libre de cicatrices y brillante como el sol. Era como la versión joven y clarificada de Hassa. La gerudo, ante esa confesión por parte de la reina, se sintió curiosa por el comentario; estando casada aquella muchacha y ya habiendo alumbrado a una criatura, se supone que no debería tener esa clase de pensamientos ni comentarios, cuánto ni menos, materializarlos… Pero todos aquellos años que pasó siendo partícipe en el club le aseveraron que absolutamente cualesquiera de las apariencias guardadas afuera de Gerudo, podían direccionar secretamente un rumbo totalmente opuesto. Actualmente casi ni iba, y siempre que lo hacía, era en compañía de Urbosa. A veces se compartían con otras chicas porque nunca llegaron a tener nada formal como tal, pero siempre se guardaron profundo respeto, cariño y autenticidad unidos a una camaradería inquebrantable; no eran pareja en sí, ni muchísimo menos, pero el lazo que anudaron entre ellas a lo largo de los años era férreo; sí, tenían sus libertades y nunca se privaron de nada ni de nadie, pero jamás desde la desinformación. Nunca se pusieron un anillo, nunca rellenaron un papel con ambos nombres juntos, nunca prometieron ser exclusivas, pero en cambio sí se prometieron decirse un “te quiero” cada día, mirarse a los ojos a diario y tenerse siempre al alcance de la mano para no guardarse ningún secreto, es por ese motivo por el cual Nóreas, tras un lascivo gesto de Urbosa que contenía una afirmación, se atrevió a levantarse de su sofá y poner una banqueta delante de su cama, pues ahí se había sentado Sonnia. Ya sentada delante de la noble, la miró con chulería y altanería de la cabeza a los pies, se clavó diez segundos en sus ojos, que parecieron horas, y luego bajó su vista hasta su escote relamiéndose rápidamente previo a decirle:
N: ¿Tan tremenda os parece que estoy? –le preguntó en voz baja y tocando el dorso de una de sus manos que tenía apoyada sobre su muslo–
Sonnia tardó exactamente dos segundos en ponerse completamente roja y a temblarle sutilmente el labio inferior. Su nerviosismo era notorio, y Nóreas se dio cuenta mientras miraba la ladeada sonrisa de su matriarca, quien podría asegurar que se estaba viendo a sí misma hace diez años.
S: Uff, capitana… Me hace sonrojar…
N: Shhh… Callaos, majestad. Os saco más de diez años, ¿os creéis que no sé a qué queríais venir a mi casa? –le preguntó manteniendo inalterable el tono y rodeando con su dedo índice y pulgar su delgadísimo antebrazo–
U: Ay, querida… Ve más despacio con tu majestad –le sugirió mientras se acomodaba en el sofá–. Ella ha venido aquí porque nos quería preguntar algo, ¿no es así, Sonnia?
Sonnia sentía que se desvanecería de un momento a otro, incluso que el aire dejaría de entrar por su nariz y por su boca. Esa gerudo… Era tremenda… Y estaba tremenda…
S: Y… Yo… S-sí, algo os quería preguntar a ambas, pero se me ha olvidado…
N: –acercándose aún más a su majestad, le dijo– Habéis venido, mi reina, con todo el valor que una persona de vuestra posición puede tener. Controláis junto a vuestro fiel marido el reino completo, habláis con sus gentes, emitís leyes y comunicados y, por supuesto, estáis al tanto de cualquier asunto que todo ciudadano tenga a su menester confiar, pero… –incidió atreviéndose a poner la mano sobre su rodilla– Bien deberíais saber que en Gerudo las cosas cambian… Y sabiendo lo jodidamente débil que fuisteis en vuestra adolescencia queriendo ver a mis tenientes follando, me conozco al dedillo qué queríais saber de Urbosa y de mí.
Muda. Así quedó Sonnia. Muda para el resto del día. La había calado para el resto de su estancia en Gerudo. Se puso candente como el mismo fuego del candelabro que colgaba de la pared de aquella casa; le ponía demasiado la capitana… “Cómo me pone lo soez que es hablándome como a una cualquiera…” –pensaba con sus extremidades temblando de toda esa emoción acumulada–. “Dime más cosas, por las diosas, Nóreas. Dime más cosas así…”
U: Compórtate un poco con la reina, anda, que las emociones fuertes le sientan mal. Si te dijese cómo acabó después de ver aquello…
N: Anda… Vaya, vaya, vaya… O sea, que hay más de vuestra historia por lo que ella dice, ¿no? –le cuestionó bajando su voz hasta casi ser inaudible, provocándola– ¿Y qué pasó aquella madrugada? ¿Os fuisteis tan cachonda a la cama que mojásteis las sábanas, majestad? Venga, contádmelo… Soy de plena confianza. Conmigo, vuestros secretos están a salvo…
“Por las diosas, no pares…”
U: Realmente se pasó la noche con dolor de estómago de los nervios que pilló.
N: Bueno… ¿Sabéis por qué os pasó eso, alteza? Porque no soltásteis lo que teníais adentro. A mí me pasa lo mismo, ¿sabéis? No puedo quedarme nunca con las ganas de follarme a una mujer, si no, acabo con dolor de tripa… Y eso es desafortunado, ¿verdad?
U: Nóreas, calma –le indicó viendo que la reina empezaba a tener las facciones algo descompuestas y que aparentaba perder el tono corporal–.
N: ¿Calmo? –le preguntó con total naturalidad, como preguntando el real consentimiento que había en aquello, pudiendo interrumpirse instantáneamente si Urbosa le decía que se detuviese–.
La matriarca atendió y analizó la situación pese a lo graciosa que le estaba resultando; era muy común para ella ese tipo de escenas de seducción en las que veía a Nóreas intentando camelarse a una mujer, escenas de las cuales siempre era gustosa de presenciar, mas en este caso se advertía ser cauta. Sonnia no era una hyliana cualquiera o una mujer de allí mismo de la tribu, y tampoco era una personalidad de relativa importancia en el reino. Era la mismísima reina de Hyrule, y cualquier mínimo chisme o habladuría podría desencadenar en una guerra contra la región; ni siquiera el club, que tan afamado de privacidad era, se consideraba para ella un lugar seguro si así fuere su gusto frecuentarlo. Su mirada expresaba una mezcla de abnegación producto de sentirse que nada podría hacer por detener lo que se adivinaba que iba a acontecer y preocupación por la integridad futura de la reina, pues también ella misma debería guardar un silencio sepulcral ante esto… Aquí aún no había ocurrido nada, pero a ojos externos ya había pasado de todo.
U: Sonnia, ¿estás bien? ¿Estás aquí con nosotras? ¿Por qué no vamos a ver cómo están las ni…?
La reina había respondido sin hacerlo. La mano que Nóreas apoyaba en el muslo de Sonnia era correspondida al toque, percibiendo la gerudo una pequeñísima mano tocando su dorso y ascendiendo hacia su muñeca y antebrazo.
S: Qué inoportuna… –suspiró mirando un momento a Urbosa a los ojos– Cierra la ventana.
Urbosa puso sus ojos en blanco, ya no había punto de retorno cuando Sonnia tenía algo entre ceja y ceja; si bien es cierto que tampoco le llevaría la contraria, ejecutó pausada la acción para comprobar qué dirección tomaría aquello y si, en ese breve lapso, pudiere asegurar que Sonnia volvía un poco en sí.
N: ¿Quién os ha dado permiso para tocarme, majestad?
La matriarca no quería ni mirar, le causaba hasta pánico pensar en las consecuencias. Pero para sorpresa de ambas gerudos, la reina volvió lo suficiente como para hablar con relativa naturalidad.
S: Y-ya sé qué os venía a preguntar –comentó mientras seguía tomando el antebrazo de la mayor, ignorando lo que le preguntó–. Yo quería saber si eras la pareja de Urbosa.
Sonnia no, pero las otras dos soltaron una carcajada simultánea al oír aquello. De primeras y bajo la ignorancia de los términos, pues bien podría parecerlo, mas así no era. Urbosa, viendo que el caldeado ambiente se calmaba, volvió a tomar posición en el sofá… Pero lo que no sabía es que su buena amante no se conformaría con plantarle un simple “no”. Ese no era su estilo. Nóreas se acercó hasta propasarse estrepitosamente, apoyando con firmeza sus puños en el colchón para erguirse un poco y posando sus labios en el cuello de la noble más importante del reino. Allí posados y notando esa finísima piel de aromas frutales erizarse unido a un suspiro, sacó un poco su lengua y la deslizó apenas unos centímetros antes de separarse y clavar su mirada brava en la completamente sometida de la menor, relamiéndose.
N: ¿Eso responde a vuestra cuestión, majestad?
S: N-no…
Nóreas esperaba un sí para dar ese jugueteo por finalizado, al menos, hasta otro momento y así salir a divertirse algo más, pero poco aparentaba ser esa la realidad. Sonnia, semi recostada en la cama apoyando la parte más alta de su espalda en la pared, parecía que estaba con su alma invadida por un ente extraño que le hacía tener su mirada fija en el cuerpo de Nóreas, sin poder abandonar ni un instante esos pectorales que tan abultados sobresalían por encima de la coraza de su portadora… Era como un conjuro, un hechizo o incluso un amarre lo que propiciaba esa conexión visual constante. El deseo era mutuo; la reina deseaba probar el fruto de lo desconocido, y la gerudo deseaba alimentar su ego demostrando que podía seducir a la noble. Sonnia se sentía derramar atendiendo al aroma de aceite de almendras amargas que desprendía la tez de la mayor, y Nóreas se sentía empapar atisbando el dulce olor de hembra que notaba de la menor; era algo cargado de puro vicio. Algo iba a pasar; la puerta estaba cerrada, las ventanas, también, y la compuerta superior de la chimenea, a cal y canto por no estar usándose en esta época del año. Tan sólo dos candelabros en la pared y un quinqué en la mesa alumbraban con una cálida pesadez ese angosto ambiente de espacio tan reducido. Además, Nóreas era muy aficionada a coleccionar tapices y alfombras, por lo que tanto paredes como suelo y techo, de alguna forma, quedaban cubiertos de telas variablemente tupidas, insonorizando de forma “casual” su hogar. Dada la situación que en apariencia ninguna deseaba evitar, Urbosa fue tomando una posición observadora en el sofá tras haber asegurado los candados que toda la morada contenía, e incluso descolgando una campanilla del techo que la propietaria colocaba cuando había peligro de monstruos, pues solo con unos pasos disimulados en el exterior, tintineaba. Nóreas invadió un poco más a su alteza, tomando su mejilla de forma algo brusca y obligándole a abrir la boca para introducirle su dedo pulgar mientras que retornaba a besar su cuello, siendo cauta de no marcarlo ni con la más ínfima de las rojeces.
N: Urbosa, nena, ven y mira esto.
La matriarca se aproximó para contemplar qué era aquello que la gerudo le quería mostrar, pasando por su lateral y dando una suave caricia a la espalda de su amante. Nóreas se alejó del cuello de Sonnia y, automáticamente, se lanzó a devorar los labios de Urbosa con tal de descargar un poco esa tensión que ya venía un rato acumulando, quedando la reina impactadísima con aquello. Breve fue el contacto con tal de que la joven no se perdiese aquello que deseaba mostrarle, pues era una particularidad fisiológica que en muy contadas mujeres había visto y se correspondía más a féminas maduras.
N: Mírale el pecho.
La tez tan blanca que la reina tenía no dejaba nada al suponer, pues justo debajo de las clavículas se le había comenzado a enrojecer muchísimo, temiendo que eso sólo era el inicio de su grado de excitación… Y Urbosa sabía por qué se lo quería mostrar. A Nóreas le ponían mucho este tipo de situaciones, no era secreto para ninguna que le encantaba marcar a las mujeres a base de mordidas, azotes y arañazos… Pero estas chicas que se marcaban solas sin siquiera darles palmadas era el cénit de sus aspiraciones, como a lo máximo que podía llegar, guardándoles personalmente una profunda admiración.
N: Vaya, vaya, alteza… ¿Qué más secretos me guardáis? –le cuestionó sin haberle sacado aún el dedo de la boca– ¿Acaso me queréis decir algo? –le preguntó de nuevo mientras con su dedo le hacía en su boca un movimiento circular, palpando su lengua– No os oigo, tenéis algo metido en la boca que os impide hablar… –le dijo alternando los movimientos circulares con otros de sacar e introducir lentamente– ¿Os lo saco, mi reina?
La reina no hizo amago de liberarse de su dedo, al contrario, tomó su mano completa con las dos suyas para ella manejar el movimiento de ese invasor que se había instalado en su boca.
N: Mira, querida. Mira a nuestra majestad lamiéndole los dedos a una capitana del ejército gerudo. Mira hasta dónde ha caído… Como su buen marido, nuestro buen rey Rhoam se entere de esto nos mandará latiguear, ¿cierto? O quizás, ejecutar, ¿quién sabe? –supuso bromeando con Urbosa, riendo maléficamente ambas gerudos– Y ahora, a callar, alteza… No oséis gritar ahora…
Nóreas le sacó por fin el dedo de su boca, soltando la hyliana un gran suspiro como si le estuviese faltando ya el aliento. La capitana, poniendo el pulgar hacia arriba para mostrárselo a la matriarca casi como un signo de victoria, le enseñó las marcas de la cara interna de la yema, que eran de los dientes de la reina, que había apretado su mandíbula inconscientemente. Tras una inaudible risa, miró a Sonnia y, clavándose en ella, se metió su propio dedo en la boca, saboreando el gusto de la hyliana.
U: ¿Tanto la deseas, querida? –le preguntó para ser sabedora más de la intensidad que del impulso–
N: Mete la mano.
Orden recibida. Casi como un ritual interiorizado por los años y por decenas de mujeres conquistadas por esta pareja de cazadoras, metió sin ninguna discreción la mano en la parte delantera de sus pantalones, recorriendo su más baja fila abdominal y su pubis hasta llegar a donde ambas sabían que debía hacerlo, notando no solo un abundante manantial, sino un afluente nada tímido que hacía rato que tomaba dirección hacia la cara interior de su muslo derecho.
U: Estás como la primera vez que me tomaste… Pero ten cautela y sé suave; no podemos hacer un escándalo de esto. Déjamela como si nadie la hubiera tocado, luego le ayudaré a arreglarse y peinarse.
N: ¿Que te la deje como si nadie le hubiera tocado? ¿Que no quieres?
U: Nóreas, por las diosas, es mi amiga íntima. No podría. Te la dejo a tí.
Nóreas, algo decepcionada por haberse montado en su cabeza la escena de copularse a las dos nobles más poderosas del reino, se volvió hacia Sonnia, quien era de quien se había encaprichado.
N: ¿Y vos qué deseáis, majestad? –le preguntó por si acaso ella guardase algún deseo por su amante y pudiera incitarle–
Incorporándose en la cama lo más que pudo para dar alcance a la gerudo que le había prácticamente absorbido la energía vital, le rodeó el cuello con ambos brazos, teniendo a aquella encarnación del pecado de la traición a menos de dos palmos respirando con potencia.
S: Béseme, capitana…
N: ¿Me lo pedís o me lo ordenáis, majestad? –le respondió alzando su mentón para mantener su actitud indómita frente a ella–
Sea lo que fuera que le respondiese, el resultado iba a ser el mismo, pero variaría considerablemente el procedimiento. Ante una orden, haría lo que la reina le indicase; ante una petición, la noble no tendría forma alguna de actuar y se convertiría en su casquivana. Sin temor, Nóreas tomó por la cintura a Sonnia, la alzó un poco y la tumbó con suavidad en la cama boca abajo debajo de ella, emitiendo esta última un sonoro suspiro. En esa posición, le tomó por detrás el cuello como gesto de dominancia, pero sin ejercer presión ni dañarla.
N: Vamos… No seáis vergonzosa, alteza. Estáis deseando que os folle una gerudo…
S: Se… Lo pido…
Sonnia quedaba así sentenciada; iba a ser durante el rato que la capitana desease su muñeca de descarga.
N: ¿Vos sabéis que yo no beso a cualquier mujer? Sólo me gustan los labios de mi matriarca, son los únicos por los que pierdo el sentido del tiempo. Y también es la única que me peina, y a la única que le permito que me diga que me quiere… ¿Y me pedís que os bese? Bueno, ¿pero qué me daréis vos a cambio, mi reina?
S: Por… Favor… –le susurró desde esa posición, no pudiendo alzar demasiado la voz por tener encima de ella, en su retaguardia, a la capitana–
Nóreas se sentía poderosa. Sentía como si en su poder tuviera la trifuerza completa alumbrando el dorso de su mano. Le encantaba sentirse así, como si por unos instantes pudiese dominar el universo. No fue despacio, no fue con cautela; la quería hacer suya casi como por venganza por haberse atrevido a mentar que estaba tremenda sin haber medido la consecuencia de lo que suponía decirle aquello a una hembra como ella. Aún así, quiso reservar una última cuestión previo a enloquecer.
N: ¿Le tenéis especial aprecio a este vestido?
La reina llevaba la ropa con la que había venido, pues todavía no había tenido ocasión de cambiarse. Era un vestido la mar de sencillo, de color beige claro o blanco roto tirando a hueso, de tela de algodón fina y bastante ligero, con el escote algo abierto y con la largaria de los bajos por las rodillas. Era como su vestidito “de batalla”, pues es el que se solía poner cuando iba a algún lugar caluroso, cuando practicaba alguna actividad con su hija al aire libre o cuando se iba al invernadero a plantar nuevas semillas; era básico y bastante usado, además de que tenía varios iguales y tampoco andaba corta de rupias en este momento de su vida.
S: ¿P-por qué lo pregunta…?
Esa no era una respuesta, sino una pregunta intentando indagar en otra, pero a la capitana le servía; en su mente estaba eso de que si fuera de gran valor, habría dado un respingo para apartarse como cualquier señorita rica haría ante la más mínima amenaza de roce contra alguno de sus trapitos de lujo. Su inacción respondió por ella, es por ello que la gerudo, sin soltar la mano del cuello de la noble, tomó con la otra el lateral superior izquierdo y, con su boca, el lateral derecho, rasgándolo de un solo gesto. Sin saber por qué, la matriarca se relamió atendiendo a aquello; el temperamento salvaje de su sangre se adelantaba a su temple.
N: Vaya, mi reina, pero si no lleváis sujetador… Os –¡plas!– parecerá –¡plas!– bonito –¡plas!– ser tan indecente –le regañó dando palmadas en su nalga izquierda con poca fuerza–.
Sonnia iba con ropa cómoda, y como en Gerudo no existe esa sensación de pudor, sino más bien un absoluto opuesto que brinda por el culto al cuerpo, no cargó ni siquiera en sus maletas sujetadores, enaguas, corsés ni polisones, por lo que se adentró en estas tierras más bien con lo justo. Nóreas tenía que relamerse viendo su escuálido cuerpecillo que ya jamás haría el amago de crecer, contemplando esa delgada y blanquísima espalda con su melena rubia oscura cubriéndola parcialmente, atendiendo a los pocos lunares que podían distinguirse… Casi como una guía natural por donde tomarla. Anulada la potestad de la reina, la capitana lamió su espalda en sentido ascendente sintiendo al momento cómo su sabor la llenaba, sabor que podría clasificar como desconocido pese a ya haber yacido con unas cuantas hylianas de su edad y más jóvenes. Sabía a aceite de coco con un aroma suave de arroz con leche y canela, como si fuera un delicado postrecito o tentempié para ingerir a mitad de mañana. Con la parte trasera de su cuerpo como lugar decidido para tomarla, le retiró la única prenda que tenía, no poniendo más atención en el deleite que aquello le causaba pues sino, probablemente terminaría antes de siquiera haber comenzado. Tal cual así, la tomó como los salvajes se toman entre ellos en las bajas clases. Se bajó lo justo el pantalón hasta mitad de muslo y empotró sus caderas contra el centro de las nalgas de la reina, notándose derramar en la superficie de la retaguardia mientras que la joven, las apretaba. Sin moverse ni un milímetro más del estricto “arriba-abajo”, pasó Nóreas su mano hacia adelante del cuerpo de Sonnia, palpando sus pechos sin mirarlos y bajando sin preámbulos a penetrarla por delante con uno solo de sus dedos mientras que, con otro, la hacía gozar. Abrió su mandíbula al máximo, logrando la anchura del cuello de su majestad, cerrando allí el cepo con cautela de no marcarla, derramando generosas gotas de saliva sobre la zona; “es como si un animal me estuviera montando” –pensaba Sonnia mientras que, extasiada, se dejaba dar–
¿Cuánto estarían así? Menos de cinco minutos, lo justo para ambas terminar, notando la gerudo ese momento cuando su dedo no pudo ejecutar movimiento y hubo de sacarlo entre tremendos jadeos que le señalaban que la misión estaba cumplida. La soltó en el lecho, dejándola remolonear un rato mientras descubría su aún desconocida cara delantera. Nóreas tan solo se pasó un trapo por su entrepierna para secarse y se subió los pantalones, sentándose cansada en su taburete y bebiendo un poco de jugo de manzana burbujeante.
U: Por las diosas, que el tiempo me limpie esta imagen de la mente. –dijo, casi con indignación, mientras posaba su mano en su frente–
El afecto que Urbosa le profesaba a Sonnia era otro, no era “eso”... Caso casi totalmente opuesto con Nóreas, la cual sí era parcialmente aquello, pero solo eso, una parte. Sea como fuere, esto que acababa de presenciar le gustaba a la par que le causaba repulsión; era extraño y tremendamente crudo. Nadie sabría si el visualizarlo le traería consigo una futura curiosidad o, por contra, cerraría a cal y canto esa puerta a la posibilidad.
El tiempo lo diría…
*****************************************
NOTAS DE AUTORA
Un capitulito más, y digo "capitulito" para que queden más livianas las más de 12.000 palabras metidas (aún así todavía me han faltado cosas que meter que, al igual que en este, serán introducidos a modo de flashback en el siguiente capi). La escritura de este capítulo, si bien no me ha resultado complicada, sí ha sido cruda y en determinados momentos, sobretodo al inicio, dura. Al margen de ello, me ha resultado gratificante, sobretodo por ese broche final. He de reconocer que quería liar a Sonnia con Urbosa, pero se me atravesó la fantasía que tiene Sonnia con Hassa y dije "este es mi momento". Si bien es cierto que Hassa no es Nóreas, sí guardan ciertas similitudes que he usado a mi favor para convertir a nuestra actual reina en una inesperada máquina de infidelidades... En fin, supongo que no me arrepiento de nada, sí o sí tiene que vivir alguna experiencia lésbica antes de que sea demasiado tarde, pero seguiré debatiendo si meter a Urbosa de por medio o dejarlas tal cual están; aún así, si tienes una clara opinión, déjamela en los comentarios!!
Mientras lees este capítulo, estaré metiendo en el horno el siguiente; por alguna extraña razón, estoy contando con más tiempo libre del que acostumbro después de unos meses de auténtica acción y no parar, así que supongo que es la señal divina de la pluma (de escribir).
Nos vemos en el próximo capítulo!!
Comentarios
Publicar un comentario